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Por César Campoy.

Vayamos por partes, porque esta sevdalinka se las trae, y mucho. El primer nombre que hemos de tener en cuenta es el de Heinrich Heine, el escritor romántico alemán, que desarrolló su obra durante el XIX, y murió de saturnismo. El segundo, el de otro romántico, aunque, en este caso, en el terreno musical: el pianista y compositor Antón Rubinstein. En 1851, apenas cinco años antes de fallecer, el primero publicó una de sus obras capitales: Romancero, una colección de poesías. En la primera de sus partes, titulada Historias, se encontraba Der Asra, una de las piezas más populares de Heine, pese a su brevedad (cuatro estrofas). En ella, el autor narraba la agónica existencia de un sirviente de la hija de un sultán, perteneciente a una estirpe, la de los Asra, cuyos miembros mueren mientras aman. El artista se inspiró en una leyenda que afirma que existía una tribu, en Yemen, con unas costumbres un tanto peculiares ya que, si uno de sus integrantes no podía conseguir el amor de su querida, inmediatamente era enviado a la guerra o a lo más inhóspito del desierto para morir cuanto antes. Al final, tanto gustó aquel texto tan dramático, que varios compositores decidieron ponerle música. Uno de ellos, efectivamente, fue el propio Rubinstein, a partir de una pieza repleta de exotismo que, hoy por hoy, está considerada una de sus mejores obras.

En alemán, a principios del siglo XX

El proceso de universalización de Der Asra fue tal que, de hecho, incluso el cubano Francisco Sellén ideó una adaptación al castellano. A territorio de Bosnia-Herzegovina, el texto llegó merced a su condición de provincia imperial del Imperio austrohúngaro, así como la importante influencia que, desde las últimas décadas del XIX, jugó aquella cultura en el devenir de la zona. En el universo de la sevdalinka, para ser más concretos, ese influjo se concretó, tanto en el aspecto textual, como en el musical, con la incorporación de modos sonoros y, por supuesto, nuevas formas interpretativas (bandas de música, acordeón, violines…). Mostar fue una de las ciudades donde más evidente se hizo esa influencia y, allí, el gran escritor Aleksa Šantić, conocido, entre otras cosas, por haber cincelado las letras de algunas de las sevdalinkas más bellas y populares, decidió mostrar su admiración hacia Heine traduciendo al serbocroata, entre otras obras, aquel Des Asra. Aleksa, de hecho, ya había abordado los textos de Heinrich y de otros poetas alemanes. Es así como nace una de las piezas más magnas del Sevdah: Kraj tanana šadrvana, también conocida como Azra, que sirvió, también, para bautizar (varias décadas después) a una de las mejores bandas de rock que dio Yugoslavia, y que, según otras voces, realmente encontró su fuente en una traducción de otro grande de la literatura bosnia: Safvet-beg Bašagić (su firma es la que aparece en muchos de los manuales y cancioneros sobre el género). Incluso hay quien incorpora un tercer nombre a la disputa: el del poeta serbio Dragutin Ilić.

Grabación de Jozo, de 1952

Lo bien claro es que, desde que aquella sevdalinka comenzó a sonar, los pretendientes surgieron sin descanso, y no solo en tierras balcánicas. De hecho, posiblemente, una de las primeras grabaciones que se realizaron de este tema fue realizada en los Estados Unidos por el mítico Edo Ljubić. Aquel Kraj tanana šadrvana abría el vinilo publicado por el sello de Chicago Balkan Records, en 1951, y que completaba Čarobna noć. A la tambura, por cierto, se encontraban el afamado Martin Kapugi y su orquesta de hermanos. Nosotros, eso sí, hemos decidido optar por una de las versiones que se marcó Jozo Kristić. De esta manera, a partir de un tema tan simbólico, prácticamente recorreremos toda la historia del Sevdah contemporáneo, desde principios del siglo XX, a los tiempos actuales. Si Edo simboliza aquella primera generación de artistas que logró que las sevdalinkas comenzaran a sonar en discos de pizarra, con la reivindicación de Jozo rendimos homenaje a todos aquellos pioneros que, desde finales de la II Guerra Mundial, hasta principios de los 60, consiguieron revitalizar y dignificar tamaño legado cultural. Desafortunadamente, la obra de Kristić no es conocida por el gran público. Es más, su discografía es, prácticamente, inexistente pese a que, según se comenta, las primeras emisiones musicales de Radio Sarajevo, nada más liberarse la capital, en 1945 (tres años antes había comenzado a trabajar allí), nacieron de su garganta, de la de Zaim Imamović y del acordeón de Ismet Alajbegović Šerbo. También se afirma que fue el primero en poner voz, en aquellos estudios, a muchas joyas como Evo ovu rumen ružu. Todo ello explicaría que la mayoría de grabaciones que se conservan de él cuente con la intervención de Ismet; incluso la versión que Jozo realiza de nuestro Kraj tanana šadrvana, proveniente, con fecha indeterminada, de los archivos de Radio Sarajevo, en la cual también participa la Tamburaški orkestar de la emisora.

Kristić e Ismet, a principios de los 50

La pieza es de una sobriedad que abruma. El acordeón de Ismet está presente, se identifica en algunos momentos (sobre todo, a partir de la mitad de la pieza), pero, instrumentalmente, y sobre todo en la introducción y las transiciones, son las cuerdas las que llevan la voz cantante, a partir de una melodía agridulce que llora desconsolada. En medio de tamaño océano de lamentos, Jozo canta apenado, prácticamente derrumbado. Su tono es de un pesimismo contagioso. No es para menos. Como ya hemos avanzado, el texto no invita, precisamente, a tirar cohetes. La traducción al castellano de Kraj tanana šadrvana (la shadervani es un tipo de fuente que solía y suele encontrarse en la entrada de mezquitas, posadas o madrazas) vendría a ser algo así como Cerca de la fuente. Allí, donde el agua gorgotea pizpireta, la hija del sultán pasaba las horas. Y, a menudo, reparaba en un muchacho, un sirviente que, a medida que pasaban los días, iba palideciendo de manera preocupante. Al final, la niña, un tanto compungida, se acercó a él y le preguntó: “Muchacho, ¿de dónde vienes? ¿A qué tribu perteneces?“. El infante, cautivo y derrotado, fue claro: “Mi nombre es El Muhammed. Soy de la tribu Azra, cuyos integrantes pierden la vida por amor, y mueren cuando aman“. Nada se sabe de la reacción de la joven que, a buen seguro, quedaría sin palabras.

Un respeto por los clásicos

En cuanto a otras versiones de Kraj tanana šadrvana, el lector ya habrá adivinado que nos encontramos ante un tema veneradísimo, interpretado por decenas y decenas de artistas. En 1965, Himzo Polovina, respetando el título de Azra, la elegía para abrir un epé trascendental en la historia del género. Publicaba Jugoton, musicaba (¡cómo no!) la orquesta nacional de Ismet Alajbegović, y, en los créditos, el texto se adjudicaba a Šantić. Posiblemente estemos hablando del homenaje más popular que se recuerda, aunque tampoco podemos olvidar los llevados a cabo por Zaim Imamović. Uno de los más celebrados fue publicado en el elepé titulado, precisamente, Kraj tanana šadrvana (Jugoton, 1980). Producía Risto Svirkov aquella dramática versión de más de seis minutos de duración, con la inestimable ayuda del mismísimo Ismet Alajbegović Šerbo, a esas alturas, uno de los músicos que mejor conocían los recovecos de este tema. Tres años antes, en 1977, Azemina Grbić y su profunda y punzante voz se habían puesto a ello, con el apoyo de Diskos y los arreglos de Dragan Aleksandrić.

Un tema para el siglo XXI

En definitiva, una pieza de un recorrido y una vigencia enormes, que este siglo XXI no ha parado de recibir homenajes de diferentes estilos. Desde el jazz sofisticado de Sinan Alimanović Quintet (por ejemplo, en su disco Sarajevo remake, de 2003, o en el Bosnia groove, de 2007); a la vertiente más tradicional de una Emina Zečaj que, recién nacida la centuria, seguía mostrándose en forma (su Traditional bosnian songs publicado por Gramofon); pasando por la elegancia convencional de Lejla Jusić (en su Oljubavi, de 2007, junto a Boro Prelić), o de Sedef (su disco homónimo, del mismo año); la esencia renovadora y revolucionaria de Damir Imamović Trio, vertida en el histórico Abrašević Live, o la pasión por las seis cuerdas de Boško Jović (en su Buđenje, de 2014). Mención aparte, una virguería de manos del productor y acordeonista Omer Pobrić, que recuperaba el texto original en alemán en compañía de la cantante Hasna Kašmo. Puede encontrarse en los discos colectivos Bentbaša: Sevdalinka. Bosanska ljubavna pjesma (Yaman, 2006) y Sevdalinka: Sarajevo love songs (Piranha, 2007).

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